–¿Tú tienes equipo?
–(Puta, ya valió, pero bueno, llevo años aguantando vara) Sí, Cruz Azul.
–Chale.
Irle a Cruz Azul es incómodo, pero ya hasta causa ternura. Cuando alguien más también le va a “La Máquina”, uno inmediatamente piensa “entiendo tu dolor, bro”, pero cuando nadie más es afín a ti, sabes que, seguro, seguro, empezarán las burlas (uno pensaría “bueno, es por un rato”, pero no, los cruzazulinos sabemos que el chascarrillo será de por vida).
Cruz Azul está destinado a la desgracia: nuestro escudo porta la cruz (como la de Jesús o la de la Cruz Roja); el estadio está(ba) junto a un matadero (la plaza de toros) y la mascota es una liebre (facilísima de cazar); por si fuera poco, portamos un color particular, el rojo: fiel a la sangre y al sufrimiento que hemos vertido temporada tras temporada. Bueno, paremos aquí.
Tuve la (des)fortuna de elegir a mi equipo. Me latía que una institución de futbol surgiera de una cementera, de la clase trabajadora: aquella que ha construido todo lo que nos rodea. Me atraía ser fiel a un escudo que representara a la población negada por la historia: lamentablemente, los 11 jugadores, sin importar el año, son fieles a esa misma historia en sus pies y en su sangre.
Para muchos, ver a su equipo campeón es presagio de un mejor futuro, pero me cae que Cruz Azul es el fiel ejemplo de que todo seguirá igual. Tal vez sea lo bueno de apoyar a este equipo: vivir sin ilusiones. Con “La Máquina” sabes que tú eres el único forjador de tu destino, nadie más te dará un empujoncito. No sé, al final, en lecciones de vida, debo agradecerle mucho a La Máquina Celeste.
Después de la inexplicable voltereta de los Pumas, uno no entiende cómo hay gente que porta la playera a diestra y siniestra. ¿Con qué cara se la ponen antes de salir de su hogar? Pienso abnegadamente que no ponerte el escudo ni consumir nada del equipo es una pequeña postura ante las décadas de malos manejos, corrupción y enriquecimiento de los directivos. Aun así, los fieles aficionados siguen surtiendo de carbón a “La Máquina”; se ensucian las manos, la cara y el orgullo, pero los pilotos que están al volante nunca han sabido orientar el volante.
A pesar de todo, quiero creer que con mi Máquina también aplica el “no hay mal que dure 100 años”, así que, no nos preocupemos, amigos Azules, todavía tenemos 77 años para que se nos haga el milagrito, JA.
Los años pasarán y mi equipo seguirá siendo Cruz Azul a pesar de todas las sorpresas que me depare (no confíen en las personas que cambian de equipo; se puede abandonarlo, pero cambiar de bando, es imperdonable, una bajeza total).
Así, Cruz Azul tal vez sea el equipo más mexicano de todos. El tipo chistorete que siempre juega con la muerte, pero nunca la toca plenamente; que tuvo un pasado glorioso, y siempre vivirá de él.
México le debe mucho a este equipo.
